martes, 6 de octubre de 2015

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TRIDENTE

Al abrir el contenedor, se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas. El ruido de una sirena policial la sacó de aquel limbo. Allí, de pie, bajo un sol infernal que le arrancaba semillas de sudor, se guió por su olfato. Dejó caer la tapa del contenedor de deshecho y tiró la bolsa en el de materia orgánica. La sirena sonaba cada vez más cerca y un tipo andrajoso se acercaba, arrastrando un carro de la compra lleno de bolsas. Mientras la esposaban la saludó, llevándose dos dedos a la frente, como si tocase el ala de un sombrero invisible, antes de empezar a hurgar en la basura con un tenedor gigantesco.

OBSCENO

El puñetero ojo de la cerradura le ofrece la sonrisa de siempre. Vertical. Provocadora. Húmeda a causa del aceite que brota de sus engranajes. Con la llave dentro de su mano cerrada se agacha y mira, casi con temor.
Nada nuevo.
La llave sigue oculta en su puño cuando se levanta para marcharse.
Dos minutos después un océano atiborrado de tristezas y esperanzas ajenas intenta contener la náusea. La marea sube al ritmo de las arcadas hasta que, aliviado, vomita un niño sobre una playa estéril.

lunes, 1 de junio de 2015

De partos y pilares

—¡Usted! ¡Es el primero que la abre!¡Tenga más cuidado! —exclama el maestro de obra. Su mano, manchada de tierra, señala con el índice a un joven picapedrero de brazos fuertes y mirada tímida.
El muchacho, avergonzado, dirige la vista a los enfangados escarpines del maestro de obra, que sigue explicando cómo desea que sea cortada cada una de las piedras que necesita para el crucero de la catedral.
La roca desgajada a causa de la torpeza del aprendiz guarda silencio.

De repente, un alarido cavernoso huye a través de la grieta abierta bajo la falda de la montaña junto a una gruesa hilera de ratones.

jueves, 28 de mayo de 2015

Hecho

Después de tanto tiempo he conseguido materializar mi deseo de tirar este proyecto adelante.


Donde crece la suerte 

martes, 26 de mayo de 2015

Tiburón

Ya no podíamos contar con él para ningún evento en público.
Incluso su asesor de imagen se había rendido ante la evidencia y no era por sus ojos redondos e inexpresivos. Tampoco por el rastro húmedo que dejaban sus apretones de manos. Ni siquiera por el bulto en su espalda, que insinuaba ya una aleta dorsal, o las marcas sudorosas de unas incipientes agallas en sus camisas.
Todo eso podía arreglarse pero no había nada que hacer con su aliento.
Cambio de hábitos alimenticios, colutorios, remedios naturales, implantes dentales nuevos…
Todo había fracasado ante aquel persistente olor a pecera sucia.

viernes, 8 de mayo de 2015

Status

El incómodo cadáver del mediador familiar yacía sobre la madera húmeda del puente levadizo.
Su ejecutor, espada en mano todavía, miraba de hito en hito al pobre muchacho que había servido de guía a su víctima hasta el castillo del clan de los Gwalchavad. Y hasta la muerte.
Conmocionado, el chico lloraba sobre el pecho ensangrentado del anciano.
Un caballo percherón, vulgar, agrisado y sucio, hociqueaba unos metros más allá de la tragedia, ajeno a todo salvo los brotes tiernos de hierba fresca.
-Soy inocente  -exclamó el último de los Gwalchavad-. Todo el mundo sabe que un mago jamás montaría un caballo que no fuese blanco.

martes, 10 de marzo de 2015

Inocente

A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes, cuando su madre
le leía aquellos bonitos cuentos antes de darle el beso de buenas noches y
la caricia de felices sueños.
La barba y los años no les impidió reconocerlo pero ahora nadie se atreve a 
salir de su escondite para explicarle que sí; que todos ellos existen. Que sí;
que por fin ha llegado al país de los sueños.
Tal vez más tarde.
Cuando consigan parar la hemorragia de sangre plateada y el unicornio deje
 de llorar.
Cuando él comprenda que lo que ha "despegado" de la cabeza de ese pobre
caballo no es una barra de metal. 

domingo, 15 de febrero de 2015

Error de cálculo

Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio; calcula el pequeño dos.
Vuelve a saltar.
 ¡Esta vez la ha rozado!
Sin importarle el riesgo de perder su cualidad de exponente en el intento se impulsa de nuevo.
Demasiado fuerte. Su parte curva choca con la barra del trapecio de forma tan violenta que, de inmediato, cae al otro lado del paréntesis, desde donde, por mucho impulso que tome, será tan incapaz de llegar a la barra inferior del trapecio como Augusto de aprobar su examen de matemáticas.